sábado, 18 de febrero de 2017

Graves combates doctrinales dentro de la Iglesia




(Catholic Herald/InfoCatólica) 18-2-17

 Hace unas semanas, el diario jesuita La Civiltà Cattolica publicó un sorprendente artículo sobre el sacerdocio femenino. Sus argumentos eran familiares: el autor, el subdirector don Giancarlo Pani, pidió a los lectores que consideraran si un sacerdocio formado solo por hombres tal vez podría estar obsoleto.

«Hay malestar entre los que no entienden como la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y el aprecio de su igual dignidad».
Lo sorprendente es que esto apareció en un diario editado por uno de los más cercanos consejeros del Papa, el P. Antonio Spadaro, un diario muy cercano a la Santa Sede en la que cada página es examinada por el Vaticano, y al que el Papa recientemente elogió.

Esto sugiere que la Iglesia, incluso en sus más altos niveles, está ahora entrando en unos graves combates doctrinales. Otro ejemplo ocurrió recientemente, cuando la Radio Vaticana promovió un nuevo libro del Cardenal Francesco Coccopalmerio, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos.

El cardenal Coccopalmerio afirmó que los divorciados que se vuelven a casar pueden recibir la comunión si tienen algún deseo de cambiar su situación, incluso si no están tratando de vivir «como hermano y hermana». En algunos casos, dice el cardenal, evitar las relaciones sexuales puede ser «una imposibilidad».

El cardenal coloca el ejemplo de un hombre que es abandonado por su esposa. El hombre empieza a vivir con otra mujer que le ayuda a criar a sus hijos. Si la relación se rompe, el hombre podría quedar sumergido en una «profunda desesperación» y los niños se quedarían sin una figura materna. El cardenal escribe: «Dejar la unión significaría, por lo tanto, no cumplir un deber moral hacia las personas inocentes». Si evitar el sexo «causaría dificultad», entonces deberían continuar teniendo relaciones sexuales para mantener la relación.

Las implicaciones del argumento del cardenal Coccopalmerio parecen contrarias a la doctrina de la Iglesia. Tomando el punto más evidente, la opinión del cardenal de que una relación sexual adúltera es compatible con la recepción de la comunión es simplemente en un choque frontal con la enseñanza católica. Que ambas cosas son incompatibles ha sido enseñado por el Papa Juan Pablo II en 1981, Benedicto XVI en 2007, y la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1994, sin mencionar los Papas San Inocencio I, San Zacarías, San Nicolás I ... y ejemplos como este se podrían multiplicar.

Pero este no es el único problema con el libro del cardenal Coccopalmerio. Supongamos que evitar el sexo puede ser una «imposibilidad» . Es muy difícil compaginar esto con la declaración del Concilio de Trento: «Si alguien dice que los mandamientos de Dios son, aun para uno que es justificado y constituido en gracia, imposible de observar, sea anatema». Eso significa que Dios , Nuestro amoroso Padre, nunca dejará de ayudarnos. Pero el cardenal Coccopalmerio piensa que evitar el pecado a veces puede estar más allá de nosotros.

Una vez más, las conclusiones del cardenal sobre la imposibilidad continencia parecen dudosas. San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, condenó la idea de que uno podría «hacer el mal para conseguir un bien». La Iglesia lo ha interpretado muy estrictamente siempre y Santo Tomás de Aquino, siguiendo esta enseñanza perenne, dijo que uno no debería tener sexo adúltero aunque pudiera salvar a un país entero del desastre. Pero el cardenal Coccopalmerio piensa que se puede tener sexo adúltero si se «dificulta» no hacerlo.

En cuanto a la cuestión de la Comunión misma: claramente, alguien en una relación adultera continua está en alto riesgo de estar en pecado mortal. Sólo Dios lo sabe, pero si alguien está cometiendo un pecado grave, mientas «discierne» sobre su relación con la enseñanza católica, aumenta el riesgo notablemente ya que habría pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Y tomar la comunión en un estado de pecado mortal es, según San Juan Vianney, santo patrón de los párrocos, el peor pecado de todos - peor que crucificar a Cristo. Muchos de los divorciados vueltos a casar se alejan de la Comunión precisamente para evitar cometer un sacrilegio. El enfoque del cardenal Coccopalmerio sugiere que este riesgo es, en algunos casos, demasiado insignificante para ser un obstáculo.

Ahora, por supuesto, el cardenal no dice nada de esto. No dice: «Creo que Juan Pablo II, Benedicto XVI, y la tradición de la Iglesia están equivocados. Sospecho que la ley moral a veces puede ser imposible de cumplir. No tengo ningún problema, en principio, con hacer el mal para conseguir un bien. Y no creo que recibir la Comunión en un estado de pecado motal sea un pecado tan terrible como para que debamos tomar tantas precauciones». Pero el mero hecho de que no diga estas cosas no es un consuelo.

La interpretación menos generosa sería que todo error en materia de fe siempre trata de evitar la claridad. El beato John Henry Newman señaló que los arrianos utilizaban «un lenguaje vago y ambiguo, que ... parecería tener un sentido católico, pero que, a la larga resultaba heterodoxo». La opinión más generosa es que el cardenal no ha pensado completamente en sus palabras, y las retractaría si se diera cuenta de lo que implicaban.

El cardenal Coccopalmerio es una figura del Vaticano: su libro ha aparecido con evidente apoyo desde el Vaticano [en la Libreria Editrice Vaticana] y sin contradicción oficial. Y su opinión es cercana a la de muchos otros prelados (como los obispos de Malta publicada por  L’Osservatore Romano y la mayoría de los obispos alemanes). Por lo tanto, el debate sobre la Comunión ya no puede verse - si es que alguna vez podría - como una disputa marginal entre «liberales» y «conservadores». Tampoco puede enmarcarse como una cuestión sobre si preferir un poco más de misericordia o un poco más de justicia. Ahora es, sin lugar a dudas, un debate sobre si la enseñanza de la Iglesia sigue siendo válida. Y eso significa que el debate se agudizará.


Escrito por Dan Hitchen.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Vivir la fe hoy


Reflexión de monseñor Sergio Oscar Buenanueva, obispo de San Francisco
 (13 de febrero de 2016) 

¿Cómo podemos vivir nuestra condición cristiana en una sociedad que parece no inspirarse en el Evangelio para organizar su vida, sus valores y sus leyes? 

Esta pregunta se vuelve cada día más incisiva, sobre todo en sociedades -como la argentina- que alguna vez se sintieron fuertemente identificadas con la fe cristiana y la tradición católica, y hoy viven procesos también fuertes de secularización o que, en algunos casos, se conciben incluso como poscristianas. 

Lo primero que tendríamos que hacer es matizar un poco los términos de la pregunta. No plantear esta cuestión en blanco y negro. Ya nos enseñó Jesús que el trigo crece con la cizaña, y que no hay que apresurarse en la cosecha, pues corremos el riesgo de cortar uno y otra. O, como dice el dicho: “no tirar el niño con el agua sucia”. 

Lo más seguro es que, junto con innegables síntomas de alejamiento del Evangelio, podamos reconocer, aquí y allá, rastros más o menos significativos del humanismo cristiano. En definitiva, la siembra evangélica nunca queda absolutamente infecunda, entre otras cosas, porque el Espíritu Santo sigue obrando en lo profundo de los corazones y el ser humano, incluso si herido por el pecado, no deja de ser imagen de su Creador. 

El pecado nunca ha tenido la última palabra en la historia humana. Junto a expresiones aberrantes del poder del mal, el bien (que proviene del “Sumo Bien”) está presente en el ser humano y se las arregla, potenciado por la gracia de Dios, para elevar, ennoblecer y salvar la condición humana. Dios quiere que el hombre se salve, enseña San Pablo (cf. 1 Tim 2,4). Y su voluntad de salvación es mucho más que un deseo piadoso. 

Los ojos de la fe son sagaces: saben percibir y secundar, en medio de la oscuridad más espesa, la acción discreta, silenciosa pero siempre eficaz del Espíritu Santo que trabaja, precisamente, para que el hombre sea libre, con la libertad de Cristo. 

Por eso, los cristianos, con mayor o menor eficacia, siempre han tenido que huir de dos fuertes tentaciones: la condena en bloque del orden vigente al que se juzga radicalmente malo y perdido, con el consiguiente movimiento de fuga y clausura sobre sí mismos, por una parte; pero, por otra, la sacralización de un determinado orden cultural, político o social, con la ilusoria sensación de haber llegado a la meta del Reino o, con no rara frecuencia, legitimando diversas formas de autoritarismo. 

En uno y otro caso, se yerra al considerar la visibilidad pública de la fe como un poder en colisión con los otros poderes mundanos. Y, si de poder se trata, las relaciones solo pueden concebirse como dominación o claudicación. El paradigma es el antagonismo: un poder junto a otro, en pugna por dominar políticamente la situación. La Iglesia -enseñaba sabiamente Benedicto XVI- no puede entenderse a sí misma como “poder” y, por tanto, imponer su visión de la vida con las armas y la lógica de la coerción política (cf. Deus caritas est 28). 

Es aquí que vale recordar que el Evangelio camina por otros senderos: no dominar ni ser servidos, sino servir y entregar la vida. A Dios lo que es de Dios, y al César, lo del César (cf. Mc 10,45 y Mt 22,21). Como dijera también en su momento Benedicto XVI, el principio de la laicidad que distingue la esfera política de la eclesiástica, tan defendido por la cultura secular, ha sido asumido por la doctrina social de la Iglesia como expresión legítima de la visibilidad de la fe en sus complejas relaciones con el mundo. 

De ahí que, la actitud cristiana, se juegue en dos campos complementarios: en primer lugar, una aceptación realista del carácter incompleto y perfectible de todo ordenamiento social, jurídico y cultural humano. Y, en segundo lugar, un lúcido discernimiento espiritual para posicionarse evangélicamente en un contexto cuyos valores evangélicos han de ser reconocidos y potenciados, y cuyos antivalores han de ser claramente denunciados y, llegado el caso, confrontados y resistidos, pero también, y en la medida de lo posible, purificados y sabiamente transformados. 

De lo que se trata, en el fondo, es de vivir la novedad de la fe cristiana y su modo de comprender lo que es bueno para la persona humana en sus múltiples vínculos y dimensiones, también los culturales y sociales.

En este sentido, las sociedades plurales que han elegido como forma de gobierno y de convivencia a la democracia ofrecen espacios y reglas de juego para que todos los actores de la sociedad civil hagan oír sus puntos de vista. También los católicos, ¿por qué no? ¿Qué lo impide? Eso sí, con la exigencia de intervenir con inteligencia, respeto y reciprocidad: hablar y escuchar en pie de igualdad, dejarse realmente interpelar y, en no pocas ocasiones, asumir que las propias posiciones no sean compartidas por buena parte de los conciudadanos. 

La fe así vivida es levadura en la masa: fermenta desde dentro y hace crecer. Es luz que ilumina y, por eso, orienta la conciencia y la conducta. En cuanto gracia, es fuerza vivificante que viene de Dios y fortalece el empeño nunca logrado del todo de servir al Reino de Dios en este mundo nuestro, siempre imperfecto, tensionado desde dentro por el pecado, pero también traccionado por la gracia de Cristo hacia su plenitud escatológica. 

También nosotros, cristianos en medio de la ciudad secular, podemos vivir nuestra condición de discípulos de Cristo. Entre otras cosas, porque Cristo resucitado allí habita y opera, allí nos espera y nos interpela. El desafío es reconocerlo, escucharlo y seguirlo por donde Él camina. Invocarlo como “Señor de la historia” es toda una confesión de fe. 

Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco

domingo, 12 de febrero de 2017

El rayo que no cesa


 Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 12-2-17

Es bastante aburrido, para mí y me imagino que aún más para los que me leen o escuchan, hablar una y otra vez de lo mismo. Me refiero a las discusiones en torno a temas de moral sexual y sacramental. En la Iglesia pasan muchísimas más cosas. Algunas buenas y otras malas. Por ejemplo, una misión de los capuchinos en África ha sido atacada esta semana, causando 18 muertos. La ONU, a través de uno de sus representantes, ha advertido que se reducirá la libertad religiosa para forzar a las religiones a aceptar la ideología de género y los supuestos derechos de los gay. Y así una larga lista más. A pesar de todo eso, me veo forzado a volver al mismo y manido tema, porque es, como diría el poeta Miguel Hernández, el rayo que no cesa.

Esta semana, diez diócesis alemanas -entre ellas, Berlín, Hamburgo y Aquisgrán- han publicado un artículo en sus revistas diocesanas en el que reclaman que, una vez aprobada ya, con algunos matices, la comunión de los divorciados vueltos a casar en Alemania -lo cual tuvo lugar la semana pasada-, se dé cuanto antes el siguiente paso. Y este consiste en admitir a la comunión a las parejas que viven sin casarse, a las parejas gay y a los protestantes que estén casados con un católico. Llevo tiempo advirtiendo que esto iba a pasar, y no porque sea profeta sino porque desde el principio el objetivo fue la aceptación de la homosexualidad en la Iglesia. 

Lo de los divorciados era la excusa, pues estos no han formado un lobby que presione mientras los gay sí, y ahí está la amenaza de la ONU para confirmarlo. Lo que no me imaginaba era que fuera todo tan rápido. No han tardado ni una semana en lanzar la campaña para lograr el paso siguiente. Cuando aún falta muchísimo para que la Iglesia acepte -si es que lo hace alguna vez- lo de la comunión a los divorciados, ya están pidiendo que pueda comulgar prácticamente todo el mundo.

Mi primera reacción no ha sido ni la de escandalizarme ni la de alarmarme. Sabía que esto iba a pasar y desde el principio ese era el objetivo de los que han llevado la campaña a favor, supuestamente, de los divorciados. Mi primera reacción ha sido de sorpresa. ¿Por qué tan rápido?, me he preguntado. ¿Por qué tantas prisas? Lo normal es que hubieran esperado unos meses y que después del verano hubieran vuelto a la carga mostrando sus verdaderos objetivos. Sin embargo, no han tardado ni una semana y, posiblemente, el artículo publicado en las revistas diocesanas estaba ya escrito antes de que se hiciera pública la resolución de la Conferencia Episcopal alemana.

No quiero especular sobre el motivo de esas prisas, aunque me imagino algunas causas. Ciertamente, prisa tienen y eso no les conviene, porque sirve para que todo el mundo sepa hacia dónde quieren dirigir a la Iglesia. Algún motivo importante hay para que estén apretando el acelerador con el riesgo de ponerse al descubierto. Yo no sé cuál es, pero alguien, ciertamente, sí lo sabe.

miércoles, 8 de febrero de 2017

La Civiltá Cattolica publica un artículo a favor de la ordenación sacerdotal de mujeres



Infocatolica, 8/02/17 

 El 22 de mayo del año 1994 se hizo pública la Carta apostólica Ordinario sacerdotalis, de San Juan Pablo II, Papa. El pontífice polaco decretó lo siguiente:

"Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia."

Al año siguiente, concretamente el 28 de octubre de 1995, la Congregación para la Doctrina de la Fe respondió a una dubia sobre si tal declaración pertenece al depósito de la fe

Pregunta: Si la doctrina que debe mantenerse de manera definitiva, según la cual la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe.

Respuesta: Sí.

Esta doctrina exige un asentimiento definitivo, puesto que, basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal (cf. Lumen gentium, 25,2). Por consiguiente, en las presentes circunstancias, el Sumo Pontífice, al ejercer su ministerio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), ha propuesto la misma doctrina con una declaración formal, afirmando explícitamente lo que siempre, en todas partes y por todos los fieles se debe mantener, en cuanto perteneciente al depósito de la fe.

Todo ello no ha impedido que "La Civiltà Cattolica", revista impresa con el control previo de la Santa Sede, publique un artículo del jesuita Giancarlo Pani sobre la mujer y el diaconado, en el que arremete contra la doctrina fijada definitivamente por San Juan Pablo II, asegurando, entre otras cosas, que «hoy hay malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y la valoración de su igual dignidad».

El vaticanista Sandro Magister reproduce en su blog los párrafos del artículo en los que se cuestiona la doctrina católica sobre esta cuestión:

No se puede recurrir sólo al pasado

 por Giancarlo Pani S.I.

[…] En la solemnidad de Pentecostés de 1994 el papa Juan Pablo retomó, en la Carta Apostólica "Ordinatio sacerdotalis", el punto de llegada de una serie de anteriores intervenciones magisteriales (entre ellas "Inter insigniores"), concluyendo que Jesús ha elegido solamente hombres para el ministerio sacerdotal. En consecuencia, «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Este dictamen debe ser considerado como definitiva por todos los fieles de la Iglesia».

El pronunciamiento era una palabra clara para todos los que consideraban que podían discutir el rechazo de la ordenación sacerdotal de las mujeres. Sin embargo, […] poco tiempo después, luego de los problemas suscitados no tanto por la doctrina cuanto por la fuerza con la que era presentada, se planteaba un interrogante a la Congregación para la Doctrina de la Fe: la "Ordinatio sacerdotalis" puede «ser considerada como perteneciente al depósito de la fe?». La respuesta fue «afirmativa», y la doctrina ha sido calificada como "infallibiliter proposita", es decir, «se la debe mantener siempre, en todas partes y por todos los fieles».

Las dificultades de recepción de la respuesta creó «tensiones» en las relaciones entre Magisterio y Teología por los problemas vinculados. Éstos son relevantes a la teología fundamental respecto a la infalibilidad. Es la primera vez en la historia que la Congregación apela explícitamente a la Constitución "Lumen gentium", n. 25, donde se proclama la infalibilidad de una doctrina porque es enseñada para que se la considere como definitiva por los obispos dispersos en el mundo, pero en comunión entre ellos y con el sucesor de Pedro.

Además, la cuestión roza la teología de los sacramentos, porque se refiere al sujeto del sacramento del Orden Sagrado, que tradicionalmente es justamente el hombre, pero no toma en cuenta los desarrollos que en el siglo XXI han tenido la presencia y el rol de la mujer en la familia y en la sociedad. Se trata de dignidad, de responsabilidad y de participación eclesial.

El hecho histórico de la exclusión de la mujer del sacerdocio por el "impedimentum sexus" es innegable. Pero ya en 1948, mucho antes de las disputas de los años sesenta, el padre Congar hacía presente que «la ausencia de un hecho no es criterio decisivo para concluir siempre prudentemente que la Iglesia no puede hacerlo y no lo hará jamás».

Además, agrega otro teólogo, «el “consensus fidelium” de muchos siglos cuestionado en el siglo XX, sobre todo a causa de los profundos cambios sociales-culturales que han afectado a las mujeres. No tendría sentido sostener que la Iglesia debe cambiar sólo porque han cambiado los tiempos, sino que sigue siendo verdad que una doctrina propuesta por la Iglesia reclama ser comprendida por la inteligencia creyente. La disputa sobre las mujeres podría ser puesta en paralelo con otros momentos de la historia de la Iglesia; en todo caso, en la cuestión del sacerdocio femenino son claras las "auctoritates", es decir, las posiciones oficiales del Magisterio, pero muchos católicos se esfuerzan para comprender las "rationes" de opciones que, más que expresión de autoridad, parecen significar autoritarismo. Hoy hay malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y la valoración de su igual dignidad». […]

martes, 7 de febrero de 2017

Alemania

vía libre para parejas no casadas y del mismo sexo

Infocatolica,  6.02.17

El diario de la diócesis alemana de Hildesheim, KirchenZeitung, dedicó la semana pasada un artículo a la exhortación apostólica Amoris Laetitia y al reciente documento de los obispos alemanes sobre su aplicación. Según la información de que disponemos, es un artículo compartido con los periódicos diocesanos de Hamburgo, Mainz, Berlín, Limburgo, Dresde, Fulda, Osnabrück, Magdeburgo y Aquisgrán, entre otros.

Se trata de un escrito interesante, porque no sólo reitera sin lugar a dudas la postura predominante entre los obispos germanos con respecto a los divorciados en una nueva unión, sino que también clarifica que la aplicación de la exhortación apostólica al divorcio sólo es el primer paso.

Frente a las numerosas voces que, en los últimos nueve meses, han señalado la confusión ocasionada por la exhortación apostólica del Papa, que podría dar lugar a interpretaciones contrarias a la doctrina de la Iglesia, para KirchenZeitung “la cuestión está clara”, porque la interpretación evidente es precisamente la contraria a la doctrina de la Iglesia: “en Amoris Laetitia, el Papa abre los divorciados vueltos a casar el acceso a los sacramentos de la confesión y de la comunión en algunos casos”. Lo mismo han afirmado recientemente los obispos alemanes, que “también ven la posibilidad de que divorciados vueltos a casar reciban la comunión” después de haber “sido acompañados por un consejero y de examinar su conciencia”. Como consecuencia de esto, el artículo proclama exultantemente que “la exclusión ha pasado a la historia”.

En ese sentido, el diario diocesano elogia a los obispos alemanes, que han “encontrado una posición común”, a diferencia de “sus hermanos en los Estados Unidos e Italia, [que,] sin embargo, se contradicen entre sí”. Asimismo, recuerda el cambio que se ha producido en Alemania, donde “hace poco tiempo, una minoría de obispos no habría podido imaginar el camino que ahora se ha encontrado”. En efecto, es llamativo que los pocos obispos alemanes que se habían mostrado firmes en la defensa de la doctrina católica recogida en Familiaris Consortio, Veritatis Splendor y otros documentos se hayan sumado sin excepción al documento de la Conferencia Episcopal en el que se rechaza lo enseñado tradicionalmente por la Iglesia. ¿Qué ha sucedido con los obispos alemanes fieles a la doctrina tradicional? ¿Habrán acogido alegremente la postura mayoritaria entre los obispos alemanes como sugiere el artículo? Hasta ahora, no ha habido pronunciamientos oficiales.

En cualquier caso, después del documento publicado la semana pasada por los obispos alemanes, estas afirmaciones del diario diocesano no son sorprendentes, porque no hacen más que recordar gozosamente lo sucedido. En cambio, resulta muy interesante (aunque desgraciadamente no sorprenda) el apartado siguiente del artículo, titulado “¿Un modelo para otros temas sensibles?”. Según KirchenZeitung, “la solución solución para los divorciados vueltos a casar puede ser un modelo para otras preguntas difíciles. La discusión será si se refiere a las parejas no casadas u homosexuales”, y a los matrimonios de católicos con personas de otras confesiones.

Ciertamente, ni Amoris Laetitia ni los obispos alemanes han aplicado por ahora estos mismos criterios a esas situaciones, pero, a fin de cuentas, los “criterios de acompañamiento” que se encuentran en la exhortación y en el documento de los obispos germanos parecen igualmente aplicables a ellas: “la culpa, el comportamiento con los hijos y la cuestión de qué valores caracterizan la nueva unión”. Como señala el artículo, “no hay reglas generales, sino un discernimiento diferenciado tanto para pastores como para los afectados. Para aquellos que quieren vivir su fe en la iglesia, de este modo se abre la oportunidad de un nuevo comienzo, que incluye el confesionario y el comulgatorio”.

Es imposible criticar la lógica del artículo. Si ya no hay reglas generales para los divorciados que viven en adulterio, ¿por qué debe haberlas para las parejas del mismo sexo o para los que conviven sin casarse? Y, aunque esto no lo diga el artículo diocesano, ¿por qué vamos a tratar de forma diferente a los pederastas, los violadores, los ladrones, los asesinos, los médicos abortistas, los mafiosos, los extorsionadores, los esclavistas, los torturadores o los terroristas que no están arrepentidos?


En realidad, si no hay “reglas generales”, se deduce necesariamente que Dios se equivocó con los mandamientos, porque lo único que debía habernos dado eran sugerencias y orientaciones bienintencionadas, sin contenido real y verdadero. Para KirchenZeitung, que ya no haya “reglas generales” es una victoria, porque así “la exclusión ha pasado a la historia”. Más bien parece que, con este enfoque, lo que ha pasado a la historia es la existencia de la moral católica, que se está sustituyendo ya por una mera declaración de buenas intenciones, indistinguible de la moral predominante en una sociedad poscristiana.

lunes, 6 de febrero de 2017

Galgos y podengos


Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 5-2-17

No hay semana tranquila, en lo que a las reacciones sobre las interpretaciones a la “Amoris Laetitia” se refiere. En ésta, el cardenal Müller, prefecto de Doctrina de la Fe, ha contestado indirectamente los “dubia” presentados por cuatro cardenales sobre la “Amoris Laetitia”. Digo indirectamente porque no ha sido de forma oficial sino a través de una entrevista. No me pasa por la cabeza que el cardenal haya dicho lo que ha dicho sin informar previamente al Papa, por lo que la mayor parte de los analistas han estado de acuerdo en considerar que era una respuesta oficiosa a las cuestiones planteadas. Entre otras cosas, el encargado de velar por la Doctrina católica ha criticado a los obispos que interpretan la exhortación papal en un sentido contrario a la Escritura y al Magisterio precedente. Se refería de forma especial a los obispos de Malta, aunque sin citarlos.

Casi inmediatamente, los obispos alemanes han publicado un documento en el que dan permiso a los divorciados vueltos a casar para que comulguen “según su propio discernimiento”. Esto va, incluso en lo explicitado en la letra, mucho más allá de lo que dice la “Amoris Laetitia”, pues allí se deja claro que es necesario el recurso al discernimiento de la mano del sacerdote. 

Hace ya varias semanas, advertí que la izquierda eclesial estaba descontenta con el Papa por dos motivos: porque constreñía el discernimiento sólo a la situación de los divorciados -mientras atacaba durísimamente la ideología de género- y porque no daba libertad a cada persona para decidir por sí misma si podía o no comulgar. Los hechos me están dando la razón en el segundo punto y pronto me la darán en el primero. El recurso al sacerdote es molesto, porque si no encuentras un cura que te dé la razón debes ir a buscar otro y, si lo encuentras, para qué lo necesitas si ya sabes que te va a decir lo que quieres oír. De este modo, la conciencia se convierte rápidamente en un instrumento dócil del propio capricho y esa maravillosa “norma última” de moralidad se transforma en una esclava que sólo dice lo que le interesa a su señor.

También casi de manera simultánea, miles de sacerdotes de lengua inglesa, agrupados en las “International Confraternities of Chatolic Clergy”, han firmado un manifiesto pidiendo que se defienda el matrimonio católico, tal y como ha sido siempre interpretado, y apoyando los “dubia” de los cuatro cardenales.

Pero, mientras discutimos de esto, cosas muy graves ocurren y de esas apenas se habla. 2.300 religiosos cuelgan los hábitos cada año. Eso sin contar los que fallecen, que son muchísimos más debido a la elevada edad de muchos de sus miembros. La vida religiosa es el corazón espiritual de la Iglesia. Allí el Espíritu Santo ha depositado los dones o carismas con los que hacer frente a las enfermedades que hacen daño a la Iglesia y a la sociedad. Una Iglesia sin vida religiosa es una Iglesia anémica, sin defensas espirituales, sin anticuerpos que la defiendan de los virus y bacterias que la atacan. Quizá la solución debía haberse adoptado hace muchos años, cuando se celebró el Sínodo para la vida religiosa, dando la oportunidad de que, sin separarse de los viejos troncos, las nuevas ramas pudieran tener una cierta autonomía. Algo así a lo que la Iglesia permitió en el siglo XVI con las renovaciones de las grandes órdenes, mediante los “descalzos” y los “recoletos”. No sé si ahora esa solución llegaría demasiado tarde.

Todo esto me recuerda a la fábula de los conejos que eran perseguidos por los perros. Se pararon a discutir si los que les perseguían eran galgos o podencos y, mientras se peleaban entre ellos, llegaron los perros y se los comieron.


De momento, una vez más, mi consejo es rezar. Rezar por la Iglesia, para que salga de la confusión actual. Rezar por los consagrados, que tanto han rezado por nosotros, para que sean -seamos- santos y podamos dar a la Iglesia y al mundo la medicina que el Espíritu Santo ha puesto en nuestras vasijas de barro y en nuestras manos de pecadores.

viernes, 3 de febrero de 2017

Sobre la medicina para los pecadores

 las recetas opuestas de Ratzinger y Bergoglio

Sandro MAGISTER, periodista
catolicos-on-line, 3-2-17

Vistas las instrucciones de los obispos de la región de Buenos Aires – aprobadas por escrito por el papa Francisco –, de los obispos de Malta, de otros obispos también y por última de la Conferencia Episcopal de Alemania, ahora es evidente que el argumento principal sobre el cual los innovadores se palanquean para justificar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar es el esbozado en esta frase sugestiva de "Amoris laetitia", a su vez retomada por "Evangelii gaudium", el documento programático del actual pontificado: "La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles".

Ésta es una afirmación que está frecuentemente asociada – también en la predicación de Jorge Mario Bergoglio – a las comidas que Jesús compartía con los pecadores. Pero es también una afirmación que ha sido sacada a la luz y criticada a fondo por Benedicto XVI.

Basta confrontar los textos de uno y de otro Papa para verificar cuanto contraste hay entre ellos.

En el papa Francisco, la asociación entre la Eucaristía y las comidas con los pecadores es postulada en forma alusiva y con el estudiado auxilio de notas a pie de página:

En "Amoris laetitia" el pasaje clave está en el parágrafo 305:

"A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado – que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno – se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia".

La nota 351 se conecta con este parágrafo:

"En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, 'a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor' (Exhort. ap. Evangelii gaudium [24 noviembre 2013], 44: AAS 105 [2013], 1038). Igualmente destaco que la Eucaristía 'no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles' (ibíd, 47: 1039)".

Si después seguimos con "Evangelii gaudium", esto es lo que se lee en el parágrafo 47:

"Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. […] La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles".

También aquí con un envío a una nota, la 51:

"Cf. San Ambrosio, De Sacramentis, IV, 6, 28: PL 16, 464: 'Tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio'; ibíd., IV, 5, 24: PL 16, 463: 'El que comió el maná murió; el que coma de este cuerpo obtendrá el perdón de sus pecados'; San Cirilo de Alejandría, In Joh. Evang. IV, 2: PG 73, 584-585: 'Me he examinado y me he reconocido indigno. A los que así hablan les digo: ¿Y cuándo seréis dignos? ¿Cuándo os presentaréis entonces ante Cristo? Y si vuestros pecados os impiden acercaros y si nunca vais a dejar de caer – ¿quién conoce sus delitos?, dice el salmo –, ¿os quedaréis sin participar de la santificación que vivifica para la eternidad?''".

En Joseph Ratzinger, teólogo y Papa, por el contrario, nos encontramos en presencia de una argumentación ajustada, que apunta a a probar la insostenibilidad de la asociación entre la Eucaristía y las comidas de Jesús con los pecadores, con las consecuencias que se derivan de ello.

He aquí cómo él desarrolla esa argumentación en las páginas 422-424 del volumen XI de su Opera Omnia, "Teología de la Liturgia", publicado en el 2008 a cargo del actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Gerhard L. Müller:

"La tesis según la cual la Eucaristía apostólica se vuelve a vincular con la cotidiana convivencia comunitaria de Jesús con sus discípulos […] se radicaliza en amplios círculos, en el sentido que […] se hace derivar la Eucaristía más o menos exclusivamente de las comidas que Jesús llevaba a cabo con los pecadores.

"En esas posiciones se hace coincidir la Eucaristía según la intención de Jesús con una doctrina de la justificación rígidamente luterana, como doctrina de la gracia concedida al pecador. Si en definitiva las comidas con los pecadores son admitidas como único elemento seguro de la tradición del Jesús histórico, resulta de ello una reducción de toda la cristología y teología a este punto.

"Pero de esto sigue después una idea de la Eucaristía que ya no tiene nada en común con la tradición de la Iglesia primitiva. Mientras que san Pablo define el acercamiento en estado de pecado a la Eucaristía como un comer y beber "la propia condenación" (cf. 1 Cor 11, 29) y protege a la Eucaristía del abuso mediante el anatema (cf. 1 Cor 16, 22), aparece aquí incluso como esencia de la Eucaristía que ella sea ofrecida a todos sin ningún distingo ni condición previa. [En este caso] ella es interpretada como el signo de la gracia incondicional de Dios, que como tal se ofrece inmediatamente también a los pecadores, más aún, también a los no creyentes. Es una posición que, sin embargo, tiene ahora muy poco en común con la concepción que tenía Lutero de la Eucaristía.

"El contraste con toda la tradición eucarística neotestamentaria en la que cae la tesis radicalizada refuta el punto de partida: la Eucaristía cristiana no fue comprendida partiendo de las comidas que Jesús celebró con los pecadores. […] Un indicio contra la derivación de la Eucaristía de las comidas con los pecadores es su carácter cerrado, que lo continúa el rito pascual: así como la cena pascual se celebra en la comunidad doméstica rigurosamente circunscrita, así también desde el comienzo había para la Eucaristía condiciones de acceso bien establecidas; desde el comienzo ella era celebrada, por así decir, en la comunidad doméstica de Jesucristo, y es de este modo que se ha edificado la 'Iglesia'".

*

Es evidente que de esta argumentación de Ratzinger deriva la prohibición de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, y no sólo a ellos: prohibición que ha encontrado clara expresión en su magisterio como Papa, al igual que en el magisterio de sus predecesores.

Del mismo modo, no sorprende que de las afirmaciones alusivas del papa Francisco deriven interpretaciones favorables a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar: interpretaciones no sólo consentidas por él, sino explícitamente aprobadas.

El contraste existe. Y a juzgar por los argumentos de Ratzinger no es sólo un contraste práctico, "pastoral", sino uno que roza los pilares de la fe cristiana.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Burke


Almudena Martínez-Bordiú
Infovaticana, 1 febrero, 2017

El portal LifeSite News revela nuevos datos sobre la polémica que en los últimos días ha sacudido los cimientos de la ya ex-soberana Orden de Malta. Según el vaticanista Pentin, el Papa le habría pedido a Festing que en su carta de renuncia expusiera que pidió la dimisión de Boeselager “bajo la influencia” del cardenal Raymond Burke.




Según apuntó el diario Wall Street Journal, cuando el Papa Francisco solicitó la dimisión del Gran Maestre Matthew Festing, “humilló públicamente un caballero católico para la defensa de la ortodoxia moral”. LifeSite News ha sabido también que el hombre situado en el centro de la controversia, Albrecht von Boeselager -previamente destituido por ser el responsable del escándalo relacionado con la distribución de anticonceptivos-, ha sido restituido por el Papa con incluso mayor autoridad que la que tenía anteriormente.

Cabe recordar que el Gran Maestre, Matthew Festing, presentó su renuncia el pasado 24 de enero, después de que el Papa Francisco le solicitara que abandonara el cargo tras la controversia surgida en las últimas semanas a raíz de la destitución del Gran Canciller. El conflicto entre la Santa Sede y la ex -soberana Orden de Malta comenzó cuando fue destituido el gran canciller, Albrecht von Boeselager, acusado de no haber impedido la distribución de anticonceptivos por parte de organizaciones vinculadas a la Orden.

Según informó el vaticanista Pentin, el Papa le habría dicho a Festing que el motivo de pedirle que renunciara era la convicción del pontífice de que tenía que hacer una nueva y “completa” investigación de la Orden y que esa investigación sería más fácil si el Gran Maestre presentaba su dimisión. Además, según la información proporcionada por Pentin, el Papa le habría pedido a Festing que en su carta de renuncia expusiera que pidió la dimisión de Boeselager “bajo la influencia” del cardenal Raymond Burke. Festing presentó su dimisión después de que el Consejo General votase a favor – excepto un voto en contra- de su decisión y con ello se puso fin al gobierno de ocho años de la orden de caballería más grande del mundo.

Burke, ¿objetivo del Papa?

Sin embargo, según narra el portal LifeSite News, la cabeza de Festing puede que no sea la única en rodar. De acuerdo con la información proporcionada por Pentin, en la reunión que el Papa mantuvo con Festing, Francisco le pidió al entonces Gran Maestro que escribiera una carta de renuncia en la que declarase que había pedido la destitución de Boeselager “empujado” por el cardenal Burke, el patrono de la Orden. Al ser patrono, Burke no tiene autoridad directa para gobernar pero trabaja como embajador del Papa en la Orden. ¿Será la destitución de Boeselager empleada en contra de Burke y utilizada para castigar al cardenal?.

Es curioso observar que a Boeselager se le ha hecho entrega de una mayor autoridad de la que tenía cuando pertenecía a la Orden de Malta. En una carta, el Papa Francisco anunció que iba a “designar a un delegado especial” y reiteró que todos los “actos de Frey Matthew Festing” eran “nulos”. Asimismo, Francisco añadió que “Baron von Boeselager era considerado un miembro del Consejo Soberano y desde ese momento debía ser invitado a todas las reuniones del Consejo “ya que de lo contrario la reunión sería considerada nula”. Por lo tanto Boeselager -el mismo que desafió al Gran Maestro- se convierte en un “garante” de la validez del Consejo.


Otro elemento destacado por el portal citado es el hecho de que el Papa haya exhortado a “librar a la Orden de la Francmasonería” unido al escándalo de distribución de anticonceptivos por parte de organizaciones vinculadas a la Orden, lo que provocó la renuncia de Boeselager.

Muller responde a las dubia

 y condena las interpretaciones ‘creativas’ de algunos obispos sobre Amoris Laetitia

Gabriel Ariza
Infovaticana, 1 febrero, 2017

En una entrevista en Il Timone, aclara: “no se puede decir que hay circunstancias por las cuales un adulterio no constituye un pecado mortal”, poniendo fin al debate sobre Amoris Laetitia.

Müller responde a las dubia de los cardenales Caffara, Meisner, Burke y Brandmuller, en la amplia entrevista que publica hoy la revista “Il Timone”, llevada a cabo por el director Riccardo Cascioli y por Lorenzo Bertocchi y recogida por Sandro Magister.


En la entrevista, el cardenal no menciona las “dubia”, pero dice “apertis verbis” precisamente lo que los cuatro cardenales pedían que se clarificara.

Y no deja de fustigar a esos obispos que con sus “sofismas” interpretativos – así dice – en vez de guiar a sus fieles corren “el riesgo que un ciego conduzca de la mano a otros ciegos”.

A continuación presentamos los pasajes claves de la entrevista.

P. – ¿Se puede dar una contradicción entre Tradición y conciencia personal?

R. – No, es imposible. Por ejemplo, no se puede decir que hay circunstancias por las cuales un adulterio no constituye un pecado mortal. Para la doctrina católica es imposible la coexistencia entre el pecado mortal y la gracia santificante. Para superar esta absurda contradicción Cristo ha instituido para los fieles el sacramento de la Penitencia y Reconciliación con Dios y con la Iglesia.

P. – Es una cuestión que se discute mucho a propósito del debate en torno a la exhortación post-sinodal “Amoris laetitia”.

R. – La “Amoris laetitia” es interpretada claramente a la luz de toda la doctrina de la Iglesia. […] No me agrada, no es correcto que muchos obispos estén interpretando “Amoris laetitia” según su propio modo de entender la enseñanza del Papa. Esto no va en línea con la doctrina católica. El magisterio del Papa es interpretado sólo por él mismo o a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Papa interpreta a los obispos, no son los obispos los que deben interpretar al Papa, esto constituiría un derrocamiento de la estructura de la Iglesia Católica. A todos ellos que hablan demasiado, les recomiendo estudiar primero la doctrina [de los concilios] sobre el papado y sobre el episcopado. Como maestro de la palabra, el obispo debe ser el primero en estar bien formado para no correr el riesgo que un ciego conduzca de la mano a otros ciegos.



Dominicas de Caleruega


(InfoCatólica), 1-1-17

 Comunicado de la comunidad de religiosas dominicas del Convento de Santo Domingo en Caleruega (Burgos, España), pueblo natal de Sto. Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, en su cuenta de Facebook:

Con inmenso dolor nos vemos en la necesidad de pronunciarnos sobre el escandaloso programa emitido este domingo en una cadena televisiva y protagonizado por una «hermana» nuestra de hábito, aunque, tal y como demostró, ni siquiera comparte nuestro Credo.

Condenamos y rechazamos las palabras y el pésimo ejemplo de sor Lucia Caram de las cuales, nosotras, monjas Dominicas de la casa de Domingo de Guzmán, somos las primeras perjudicadas.

Toda esta Comunidad que procuramos, con fragilidades, sin duda, pero también con entrega, mantenernos fieles a una vocación que nos ha sido dada y de la que no podemos hacernos dueñas, vivimos con gran sufrimiento este revuelo mediático que tanto daño está generando, destrozando nuestra imagen y por encima de ello y más grave aún, confundiendo al pueblo cristiano que, sin embargo, no deja de tener olfato y capacidad de discernimiento para saber que esta mujer no nos representa.

Acudimos espantadas a un espectáculo degradante y humillante para toda la Orden Dominicana, cuyo fundador destacó por su empeño y entrega en defensa de la fe católica y un gran amor a la Virgen María, bajo cuya protección nos dejó a todos sus hijos. Su vida fue un verdadero ejemplo de Caridad hacia quienes vivían en el error. Él, que pasaba las noches llorando y pidiendo Misericordia, estará contemplando a esta religiosa, y su espíritu, que permanece vivo en su Orden (con sus recién cumplidos 800 años), es el mismo que nos mueve a nosotras, con lágrimas en los ojos, a rezar por ella y su arrepentimiento: ¿Qué será de ti, Lucia?

No queremos emitir juicios ni enzarzarnos en discusiones que abundan en estos medios. Pero tampoco podemos seguir silenciando algo que causa tanto escándalo. Sus superiores estarán al tanto de todo esto y son ellos quienes deben tomar las medidas oportunas en conciencia con el encargo que Dios les ha dado y el deber de la corrección hacia quienes están engañados. A nosotras nos corresponde orar convencidas de que, como la cizaña crece junto al trigo, es la Misericordia del Señor la que, para no arrancar también el trigo, permite que crezcan junta en el campo, que es la Iglesia.