jueves, 19 de enero de 2017

Evitar la ruptura





 Santiago MARTÍN, sacerdote

catolicos-on-line, 18-1-17

Esta semana se han conocido unas declaraciones del cardenal Müller en las que, si bien reconoce el derecho de los cuatro cardenales que presentaron al Papa sus dudas (dubia) sobre la “Amoris laetitia”, lamenta que éstas se hicieran públicas y considera, además, que no existe un riesgo para la fe que haga necesaria la reprobación pública del Pontífice. Pocos días antes, el cardenal Burke, en otra entrevista, había insistido en que si no había respuesta habría reprobación. Como se ve, la confusión aumenta y parece que estamos entrando en un escenario en el que todos están contra todos.

Como decía la semana pasada, al margen de quién tiene razón, lo que está en peligro es la unidad de la Iglesia, pues es ella la que de hecho se encuentra sometida a tensiones y a contradicciones. Creo en el valor insustituible de la unidad. Fue la última petición de Cristo al Padre antes de salir para el huerto de los olivos, en lo que se conoce como la oración sacerdotal o el testamento de Jesús: “Padre, que sean uno como tú y yo, para que el mundo crea”. Así como el pan y el vino es la materia sobre la que el Señor se hace presente en la Eucaristía, la unidad es la materia sobre la que el Señor se hace presente en la comunidad: “Donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin unidad no hay catolicidad y probablemente tampoco hay santidad, con lo cual la cuarta nota identificativa de la Iglesia, la apostolicidad, podría quedar reducida a un mero elemento arqueológico.

Ante este choque de trenes, ¿se puede hacer algo? Es fundamental rezar por la unidad de la Iglesia en este momento tan delicado. Y también ofrecer algunas posibles soluciones. Creo que deberíamos aplicar lo que el Papa Benedicto nos enseñó. Hacía pocos meses que había sido elegido vicario de Cristo cuando tuvo que hacer el discurso a la Curia vaticana, que es tradicional que los pontífices hagan en los días previos a la Navidad. Como en ese año se conmemoraba el 40 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, se refirió a él con palabras llenas de sabiduría. Habló de las dos hermenéuticas con que se habían leído los documentos conciliares. Una, que él denominó “de ruptura” y otra, que llamó “de reforma o continuidad”. Dijo claramente que una interpretación del Concilio en clave rupturista había llevado incluso a despreciar los textos conciliares, pues los consideraba imperfectos, fruto de transacciones con la minoría conservadora y que había generado la división entre una Iglesia considera posconciliar y otra denostada como preconciliar. Se refirió a la auténtica hermenéutica con la que había que leer, interpretar y aplicar el Concilio, la de continuidad o reforma, esta hermenéutica, esta clave de interpretación, no rechazaba el magisterio anterior, sino que lo ponía al día, como, por otro lado, siempre ha hecho la Iglesia.

Personalmente hice eso con la “Amoris laetitia” desde el primer momento, aunque algunos no me entendieron y me insultaron por ello. “Amoris laetitia” tiene muchísimas cosas positivas y eso lo afirman hasta sus más encendidos críticos. Tiene también algunas cosas ambiguas, especialmente en el capítulo octavo, que están siendo interpretadas en muchos casos con esa hermenéutica de ruptura que denunciaba el papa Benedicto. Me parece que todo se solucionaría si se dijera y se hiciera, con la “Amoris laetitia”, una hermenéutica de continuidad, que no anulara el magisterio anterior, devaluándolo y manipulándolo. La Iglesia ha avanzado siempre así y del mismo modo debe hacer ahora. Hay que hacer todo lo posible por evitar la ruptura y para ello debemos pedir al Señor el don de la unidad y leer los documentos que puedan ser conflictivos en continuidad con las enseñanzas de los Papas anteriores y no en oposición a ellas.

lunes, 9 de enero de 2017

La locura de la conciencia



Santiago MARTÍN, sacerdote

Catolicos-on-line, 9-1-17

La Iglesia católica tiene, además de esa característica que le da nombre, otras tres. Es una, santa y apostólica. Son las cuatro notas que definen la Iglesia. Sin las cuatro, dejaría de ser la auténtica Iglesia fundada por Cristo, en la que se mantiene la plenitud de la revelación hecha por el Señor, tal y como enseña el Catecismo. Es decir, perder la unidad, por ejemplo, afectaría a la esencia de la Iglesia y, por lo tanto, a su naturaleza, a su misma catolicidad. No puede llamarse universal -que es lo que significa la palabra “católica”- algo que no es igual en todos los sitios; sin un mismo dogma, sin una misma moral y sin una misma liturgia, no sólo no existe la unidad sino que tampoco existe la catolicidad.


Lo que está en juego en este momento es precisamente eso: la unidad. No quiero entrar ahora en cuál de los dos bandos tiene razón o tiene más razón. Sólo quiero constatar el grave peligro de que la unidad de la Iglesia desaparezca. Pongamos ejemplos. En Canadá, un grupo de obispos permite que los que han solicitado la eutanasia comulguen y reciban la unción de enfermos antes de morir, mientras que otros dicen que no se puede dar la comunión a quien está dispuesto a cometer un pecado mortal. En Estados Unidos, un grupo de obispos permite dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, en función de sus circunstancias, mientras que otro grupo dice que eso sólo lo pueden hacer si viven en castidad. En Austria, al menos un obispo ha dicho que la conciencia no puede ser la norma absoluta de moralidad, mientras que otro ha dicho justo lo contrario. En medio están los fieles, que contemplan preocupados este triste espectáculo. ¿Cómo es posible que en la misma Iglesia se pueda comulgar siendo divorciado en esta diócesis y a cinco kilómetros, en la diócesis vecina, ya no se pueda? ¿Si es pecado solicitar la eutanasia, por qué hay obispos que permiten que comulguen los que la piden, y si no es pecado por qué hay obispos que lo prohíben?



Esto es sólo el principio. Hasta ahora se está hablando de la primacía de la conciencia como norma última de moralidad en cuestiones relacionadas con las relaciones sexuales o la bioética. ¿Cuánto tardará en ampliarse el debate al racismo, la violencia de género, el terrorismo, la corrupción? ¿Por qué hay pecados en los que hay que tener en cuenta las circunstancias y en otros no?

Otra cuestión a tener en cuenta, que está siendo ya abiertamente planteada, es el por qué hay que consultar al sacerdote para tomar las decisiones que afectan a la conciencia. Las palabras del Papa en la “Amoris laeticia”, que hablan de la imprescindible consulta al confesor y de la necesidad de que éste haga un serio discernimiento con la persona que le consulta, están siendo contestadas desde el sector más progresista de la Iglesia. Para estos, ese recurso al sacerdote debe ser como mucho opcional y nunca obligatorio, pues si así fuera se estaría tratando al laico como un menor de edad, como un inmaduro. El laico, cada católico, debe poder decidir por sí mismo, con plena autonomía, lo que considera que es pecado y lo que no lo es; como mucho, este sector eclesiástico dice que debe escuchar al magisterio de la Iglesia y a la palabra de Dios, pero como una voz más entre otras (por ejemplo, lo que enseñan las ciencias sociales o la legislación civil) y después debe tomar sus propias opciones, decidiendo por sí mismos qué es bueno y qué es malo.

La conciencia, de este modo, no alcanza una autonomía madura, sino una plena independencia. Es la realización del pecado original, que consistió en que los hombres decidieron establecer por sí mismos qué era bueno y qué era malo. Así, veremos a personas que consideran que es bueno cualquier aberración y que no sólo la cometen, sino que se ven a sí mismos como perfectos e impecables después de haberla cometido. Un grabado de Goya se titula: “El sueño de la razón produce monstruos”. Hoy podríamos decir que “la locura de la conciencia produce aberraciones y a veces incluso crímenes”. Ahí está el aborto para demostrarlo. El resultado ya sabemos cuál será: Adán y Eva perdieron el paraíso y nosotros perderemos el alma, la familia y la tierra.

Muller


‘No es posible una corrección al Papa, no hay peligro para la fe

Lola González 9 enero, 2017

InfoVaticana



El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha asegurado que en este momento no es posible que se realice una “corrección fraterna” al Papa Francisco en el programa “Stanze Vaticane” del canal italiano Tgcom24. 

“Una posible corrección fraterna al Papa me parece muy lejana, en este momento no es posible porque no hay peligro para la fe”, ha asegurado Müller, al tiempo que ha señalado que supone “un daño para la Iglesia hablar de estas cosas públicamente”.

El pasado mes de noviembre, el cardenal Raymond Leo Burke advirtió en una entrevista que si el Papa Francisco no respondía a las “dubia” presentadas por cuatro cardenales sobre algunos puntos de la exhortación apostólica “Amoris Laetitia”, se realizaría “un acto formal de corrección”.

El cardenal Müller ha defendido en esta entrevista que “Amoris Laetitia es muy clara en su doctrina” y ha explicado que el Papa Francisco invita a discernir la situación de las personas que viven una unión no regular y pide ayudar a estas personas a encontrar un camino para una nueva integración en la Iglesia según las condiciones de los sacramentos.

Asimismo, el prelado ha negado que exista una contraposición: “Por un lado tenemos la doctrina clara sobre el matrimonio, por otro, la obligación de la Iglesia de preocuparse por aquellas personas en dificultad”.

En relación con la publicación de las “dubia” de los cuatro cardenales, Müller ha declarado que “todo el mundo, especialmente los cardenales de la Iglesia romana, tienen derecho a escribir una carta al Papa”. Sin embargo, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha mostrado sorprendido por el hecho de que la carta se hiciera pública. “Me sorprendió porque esta se hizo pública, casi obligando al Papa a decir sí o no. No me gusta”, ha manifestado Müller.
Müller: ‘No es posible una corrección al Papa, no hay peligro para la fe’


viernes, 6 de enero de 2017

La verdadera historia de los Reyes Magos


Gaceta.es 6 enero, 2017

Vinieron unos magos de oriente, siguiendo el camino de una estrella, y adoraron al Niño Dios. Esta es una de las tradiciones más sólidas, antiguas y arraigadas del imaginario cristiano. Todo el mundo sabe que la fuente evangélica de esta tradición es el texto de Mateo (2, 1-2). Todo el mundo sabe que Mateo habla de “magos”, sin precisar número ni otra condición. Todo el mundo sabe que la palabra “magos”, en el contexto evangélico, designa específicamente a la casta sacerdotal meda o persa, una de cuyas fuentes de conocimiento era la observación astronómica y cuyos miembros, por otro lado, solían salir de los linajes aristocráticos (de ahí que no sea incongruente llamarlos “reyes”). Todo el mundo sabe, en fin, que la tradición que sigue viva en la Iglesia católica no bebe tanto en el escueto texto evangélico como en otras fuentes apócrifas (el Pseudo Tomás del siglo II, por ejemplo). Y sobre estas cosas que todo el mundo sabe, la tradición (tanto popular como erudita), las revelaciones místicas y el estudio historiográfico han permitido construir hipótesis de gran riqueza e interés. Aquí resumiremos una de ellas basada en tres fuentes. Una, legendaria, es El libro de los reyes magos de Juan de Hildesheim, hacia 1370. Otra, mística, son las Visiones de Anna Katherina Emmerich, finales del siglo XVIII. La tercera, académica, es el imprescindible tratado de Franco Cardini Los Reyes Magos, publicado en el año 2000.

Sabios que escrutan el horizonte

Desde mucho antes del nacimiento de Cristo, varias generaciones de sabios escrutaron el horizonte para verificar la profecía: una estrella anunciaría el nacimiento de un rey. Tales observaciones se efectuaban desde una alta montaña que la tradición conoce como Vaus o Victoriales, en el confín occidental de la India. Probablemente se trata del monte Zard Küh, 4.548 m., en Irán, la cumbre más alta de los Montes Zagros. Hay innumerables estudios sobre qué tipo de astro pudo haber sido el que diera el aviso: casi todos los investigadores coinciden en que no fue tanto un astro como una conjunción o, más precisamente, una serie inusual de conjunciones y fenómenos. El hecho es que en esta cumbre habrían confluido tres reyes, o tres magos, o tres magos de estirpe real. Uno, Teokeno, luego llamado Melchor, vivía en Media, la tierra de los medos, a orillas del Caspio, quizás al sur del actual Turkmenistán. El segundo, Mensor, luego llamado Gaspar, de estirpe caldea, gobernaba las islas del Éufrates, tal vez en la actual frontera entre Irán e Irak. El tercero, Sair, luego llamado Baltasar, venía aún más del sur, quizá de lo que hoy es Kuwait, al sur del lago de Basora. A Melchor se le supone un origen indio; a Gaspar, persa; a Baltasar, árabe. Hay que decir que esos nombres no son los únicos que se ha atribuido a los magos en la literatura del cristianismo temprano: en griego se llamaron Apelikón, Amerín y Damascón, y en hebreo Magalath, Serakín y Galgalath.

Los magos vieron la Estrella –fuera lo que fuere- y se pusieron en camino. Gaspar y Baltasar estaban juntos en el momento de divisar la luz, así que emprendieron juntos la ruta. Hay que imaginar el largo y vistoso séquito de sirvientes y escoltas, la caravana de mulas y dromedarios. Una antigua ruta caravanera bordea el desierto de Arabia y Siria, al sur del Éufrates, para descender a lo que hoy es Jordania. Este es el camino que toman Gaspar y Baltasar. En cuanto a Melchor, que viaja en solitario y desde el norte, cruza Babilonia para alcanzar a sus compañeros. Por otro camino –la ruta caravanera del norte, la que bajaba desde el curso alto del Éufrates hasta Damasco- hubiera podido llegar antes a Belén, pero Melchor prefiere viajar junto a Gaspar y Baltasar. De manera que cruza el Tigris y el Éufrates hacia el sur: Sippar, Babilonia, Borsippa, el viejo imperio de Nabucodonosor, ahora en manos de los partos, y se reúne con sus amigos en una ciudad enigmática, en ruinas, una urbe fantasma de la que ya entonces sólo quedaban largas filas de columnas y anchas puertas almenadas, con algunas estatuas de airosa compostura. ¿Cuál era esa ciudad? Es un misterio. Por la descripción, debió de tratarse de alguna vieja capital edificada en tiempos de Alejandro. Nada, en todo caso, quedaba entonces de ella; menos queda hoy.

Los tres reyes comparten camino durante meses hasta llegar a Judea. Entran en Judea, por el sur, por la tierra de los moabitas, que hoy es una dura meseta caliza y entonces era el reino de los nabateos. Un poco más al sur habrían llegado a la fascinante Petra, esa lujosa ciudad monumental excavada en la piedra del desierto. Pero los Reyes tuercen a la derecha, hacia el norte. Atraviesan un arroyo que desemboca en el Mar Muerto –tal vez el curso alto del río Arnón, hoy el Guadalmauyib jordano- y se detienen en Metán. Una de las principales rutas caravaneras de oriente terminaba en Dibón, en la orilla este del Mar Muerto, cerca del río Arnón. Hoy allí no hay absolutamente nada. Estamos en una gran hoya, casi 400 metros por debajo del nivel del mar. Pero se cree que por aquí pasaron los Reyes repartiendo dádivas entre los paisanos.

La llegada a Jerusalén

Ahora se trata de bordear el Mar Muerto hasta Jerusalén. Los Reyes enfilan hacia el norte y pasan el río Jordán. Hoy aquí hay un puente que llevó el nombre del general Allenby y después se rebautizó con el del rey Hussein. Entonces no había puente, así que los reyes cruzaron en almadías, con todo su multitudinario séquito y sus camellos. Como era sábado, día santo de los judíos, tuvieron que arreglárselas solos: nadie les ayudó. Pasan el Jordán, dejan Jericó a la derecha y, a la izquierda, Qum Ram, donde muchos siglos después aparecerán los manuscritos esenios.

Los Reyes no van directamente a Belén, sino que antes se detienen en Jerusalén. Allí se entrevistan con Herodes, un rey puesto por los romanos para controlar el territorio. Pero Herodes (no confundir con su hijo Herodes Antipas, que es el de la Pasión) dice no saber nada. Para colmo, la estrella que había guiado a los Reyes deja de verse. Desolados, los Reyes Magos entienden que nada tienen que hacer allí y acuden a Belén, algo más de cinco kilómetros al sur por el viejo camino de Hebrón. Pasan por el villorrio de Bayt Jala. ¿Por qué? Es un misterio. El caso es que llegan a Belén. Buscan la gruta en la que ha nacido Dios, como su estrella les dijo. Y lo encuentran.


¿Fue así? No lo sabemos. Pero pudo ser. Si esta fue la ruta, los Reyes pudieron cubrir unos 2.000 kilómetros, desde los Montes Zagros, Mesopotamia y el Golfo Pérsico, hasta Jerusalén y Belén. Un largo camino. Cierto que lo que hallaron en la meta merecía la pena.

Continua la confusión por un documento

Un obispo asegura que los divorciados vueltos a casar ‘tienen la bendición del Papa’ para recibir la comunión

Infovaticana,  5 enero, 2017

El obispo de Feldkirch (Austria) Benno Elbs ha señalado en una entrevista que -según se puede interpretar en Amoris Laetitia-, el uso de anticonceptivos es una “decisión de conciencia” de las parejas y que los homosexuales pueden construir una familia.


Benno Elbs, el obispo de Feldkirch (Austria) ha concedido una controvertida entrevista al diario austriaco Die Presse -recogida por LifeSite News-, en la que ha mostrado su particular opinión sobre la exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia.

Según informa el citado medio, el obispo austriaco ha defendido que los católicos divorciados vueltos a casar tienen ahora “la bendición del Papa” para recibir la comunión. Asimismo, ha explicado que -según se puede interpretar en Amoris Laetitia-, el uso de anticonceptivos es una “decisión de conciencia” para las parejas y que los homosexuales pueden construir una familia.

Preguntado sobre los temas más delicados tratados durante el pasado Sínodo, Elbs ha destacado la comunión de los divorciados vueltos a casar y “cómo tratar con las personas homosexuales”. Respecto al primero de ellos, el prelado austriaco ha señalado que “la gente ha tomado decisiones de conciencia en el pasado, pero ahora pueden hacerlo -por así decirlo- con la bendición del Papa. Esto es un progreso esencial”.

Para Elbs, Amoris Laetitia trata en su totalidad sobre la “decisión de conciencia”. “Si está escrito a pie de página o no, no es importante. En todo el documento se respira la idea de que cada individuo encuentra en su conciencia la forma de abordar sus decisiones en la vida”, ha defendido.

Respecto a el uso de anticonceptivos, el prelado ha sentenciado que “el documento del Sínodo recomienda métodos naturales para regular la concepción. Recomienda. El control de la concepción es una decisión de conciencia de cada pareja”.


En cuanto a los homosexuales y la familia, Elbs ha explicado que, para él, la familia es “un lugar en el que la gente crece, se vuelve fuerte y aprende lo que necesita para la vida, algo que se puede aplicar también a las parejas homosexuales”.

El Vaticano califica a Lutero de "testigo del Evangelio"


Infovaticana, 6-1-17

“Los grandes reformadores como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, como también muchos que permanecieron católicos, como Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo, intentaron conseguir que la Iglesia occidental se renovara. Sin embargo, lo que debería haber sido una historia de la gracia de Dios, estuvo también marcada por el pecado de los hombres y se volvió una historia del desgarramiento de la unidad del pueblo de Dios. De la mano del pecado y de las guerras, la hostilidad mutua y la sospecha fueron creciendo a lo largo de los siglos.”


Que un párrafo equiparando a herejes cismáticos como Lutero, Zwinglio y Calvino con grandes santos como San Carlos Borromeo, desposeídos además de su prefijo “san”, sea obra de la Santa Sede ha indignado a no pocos fieles. Así es: El documento de la semana de oración por la unidad de los cristianos, preparado por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, no ha dejado indiferente a nadie.

El punto más polémico probablemente sea este:


Separando lo que es polémico de las cosas buenas de la Reforma, los católicos ahora son capaces de prestar sus oídos a los desafíos de Lutero para la Iglesia de hoy, reconociéndole como un «testigo del evangelio» (Del conflicto a la comunión, 29). Y así, después de siglos de mutuas condenas y vilipendios, los católicos y los luteranos en 2017 conmemorarán por primera vez juntos el comienzo de la Reforma.
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Texto completo:

martes, 3 de enero de 2017

GRAVE DECISIÓN

El Papa obliga a Müller a despedir a tres de sus mejores hombres en Doctrina de la Fe

INFOVATICANA 3 enero, 2017

Según varios medios, el Papa Francisco ha ordenado al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Müller, que despida a tres de sus mejores hombres en el Santo Oficio. Según OnePeterFive los tres sacerdotes implicados son de nacionalidad eslovaca-americana, francesa y mejicana.

Según el vaticanista Marco Tosatti, Müller recibió la orden de despedir a tres de sus mejores hombres, los cuales llevaban trabajando para él durante mucho tiempo sin haber recibido ninguna explicación. Tal y como recoge el especialista en asuntos del Vaticano, Müller recibió varias cartas oficiales en las que se le pedía “devolver a cada uno de ellos a su Diócesis de origen o a la Orden Religiosa a la que pertenecía”.

Ante dicha petición, Müller quedó bastante sorprendido, ya que los sacerdotes eran tres de los mejores hombres con los que contaba dentro de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por ello, desde un primer momento intentó no despedir a los religiosos y en varias ocasiones pidió una audiencia con el Papa.

Tras varios intentos, logró reunirse con Francisco. Estas fueron sus palabras: “Su Santidad, he recibido las cartas, pero no he hecho nada porque estas personas son lo mejor que hay en mi Dicasterio…¿qué es lo que han hecho?”.

La respuesta del Papa -según narra Tosatti- fue la siguiente: “Yo soy el Papa, y no necesito dar ninguna explicación sobre mis decisiones. He decidido que tienen que irse, y tienen que irse”. One Peter Five cuenta que, a continuación, el Papa se levantó y extendió la mano al cardenal indicando que la audiencia había finalizado.

El 31 de diciembre, dos de los tres hombres abandonaron -sin saber la razón de su expulsión- el Dicasterio donde habían trabajado durante años. El tercer y último hombre señalado parece seguir todavía en el Dicasterio “por una breve prórroga”.

Según varios medios, unos de los dos sacerdotes había disentido, en privado, sobre ciertas decisiones y actuaciones públicas del Papa Francisco. Concretamente, un estrecho colaborador del Papa escuchó uno de los comentarios y, al poco tiempo, el miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe recibió una llamada del Papa y el despido no tardó en llegar.

Tosatti habla de una “fiebre autocrática que parece haber estallado en el Vaticano” y concluye preguntándose dónde está la “verdadera misericordia”. Por último, cuestiona la manera y el método en el que el Papa Francisco “despide o margina a prelados ortodoxos, sacerdotes o cualquiera que tenga una posición de influencia en el Vaticano”.

Así las cosas, los empleados del Vaticano tienen miedo de decir cualquier cosa por temor a ser descubiertos por cualquiera de los informadores, que se encuentran en todas partes. Sin ir más lejos, el pasado mes de noviembre relataba InfoVaticana la purga de académicos “críticos” que ha tenido la Academia Pontificia por la Vida.

“Hasta las paredes tienen oídos”, es la frase que se repite en los dicasterios.